Varios sectores del país han lamentado la elección del congresista fujimorista Daniel Salaverry como presidente del Parlamento para el periodo 2018–2019 por las razones que ya hemos expuesto hace un par de días cuando se dio a conocer su candidatura –es, sin duda, después de Héctor Becerril, el más beligerante de los parlamentarios de esta bancada–; otra gran porción de peruanos se mantiene indiferente; y sin duda los simpatizantes de Fuerza Popular lo deben estar celebrando, pero en este caso, cuando se alejan cada vez más los días de la segunda vuelta en que perdieron por un margen muy pequeño y se acerca a pasos acelerados el año 2021, habrá que preguntarse si de verdad tienen algo que festejar.

 

A diferencia de lo que ocurrió en las dos presidencias anteriores, también encabezadas por el fujimorismo, esta vez no hay mesa multipartidaria, sino que se ha optado por teñir todas las vicepresidencias de color naranja. Incluyendo a la hija pródiga Yeni Vilcatoma, quien ha regresado de rodillas para solicitar su reincorporación a cambio de ocupar un lugar en esta directiva. Lo cual puede leerse, sin necesidad de anteojos ni entrelíneas, como el reconocimiento tácito de que a la golpeada mayoría se le ha agotado la capacidad para tender puentes, salvo aquellos votos que como el de Maurice Mulder tienen como propósito garantizar la sostenibilidad y apoyo a sus proyectos personales, o el mezquino fin de evitar el fortalecimiento de las bancadas de PPK, AP y las izquierdas.

A este aislamiento de la mayoría fujimorista se suma el secreto a voces de las disidencias internas en Fuerza Popular, cuya punta del iceberg ha sido la renuncia de una congresista tan ponderada como Paloma Noceda. Por lo que se sabe, otros quisieran haberla seguido, pero los compromisos partidarios y las evidentes deudas personales –como es el caso de la defenestrada Yesenia Ponce– lo han impedido. Aunque hayan mostrado su voto y una sonrisa, se sabe que hay orgullos heridos por las decisiones de la presidenta del partido, sapos que tragarse muy a regañadientes.

Aunque hayan mostrado su voto y una sonrisa, se sabe que hay orgullos heridos por las decisiones de la presidenta del partido, sapos que tragarse muy a regañadientes.

Una bomba de tiempo que tarde o temprano detonará, sobre todo cuando el reloj electoral empiece a contar los descuentos (serán campanadas de alerta los resultados de octubre próximo, golpe avisa con el dos por ciento que tiene Columbus actualmente en los resultados más generosos de las encuestas), y peor aún si el transcurso de los días o meses pone sobre el tapete nuevas revelaciones que comprometan el futuro político de quienes hoy integran la Bankada. No hay que minimizar, en ese sentido, el factor Vilcatoma, un riesgo que la nueva mesa directiva habrá tenido que aquilatar mucho antes de tomarlo, pues la trayectoria pública de la exprocuradora se ha construido con base en la facilidad que ha tenido para tomar distancia y cruzar a la otra orilla de quienes le han brindado su confianza.

la trayectoria pública de la exprocuradora se ha construido con base en la facilidad que ha tenido para tomar distancia y cruzar a la otra orilla de quienes le han brindado su confianza.

La victoria de Salaverry es, pues, en varios sentidos, una victoria pírrica. Es decir, con un triunfo más como este, el futuro político del fujimorismo con su proyecto de gobernar el Perú desde la presidencia estará completamente en ruinas. Pero desde 2016, Fuerza Popular ha tomado la decisión de mirar a corto plazo y creer que el crédito electoral conseguido en la segunda vuelta jamás se agotará. En sostener el mito del “voto duro” e incondicional. Una testarudez que nace directamente de la voluntad de Keiko Fujimori, empeñada en efectuar su revancha política a cualquier precio. Y el precio electoral será muy alto. El humor nacional se puede leer en las calles y es evidente que cada vez la favorece menos. Por eso, sus adversarios no deberían lamentarse tanto. A medida que ha buscado ganar estar batalla política contra sus adversarios en el Parlamento, Keiko ha terminado por dilapidar su mayor capital. Es lo que se conoce popularmente como obtener “pan para hoy y hambre para mañana”.