Hay que estar en el pellejo de quienes se ven forzados a dejar su vivienda, su familia, sus amigos, su tierra, sus relaciones sociales, sus aspiraciones y sus sueños; en fin, su vida, para aventurarse sin un bolívar, un sol o un dólar en el bolsillo a un país ajeno aunque cercano culturalmente.

 

Como dice el filósofo español Fernando Savater sobre los refugiados africanos que llegan en camionadas a Europa a costa de sus propias vidas: “No es nuestra luz lo que les atrae, sino sus sombras las que les empujan”.

Hace unos días publiqué en las redes sociales que, bien visto, todos somos inmigrantes. Ni siquiera nuestros pueblos originarios andinos pueden jactarse de haber estado en estas tierras desde siempre, que los quechuas llegaron del Altiplano, y las olas migratorias internas han sido pan del día desde siempre. Menos aún nosotros los mestizos.

Todos somos hijos de la inmigración.

Siempre me pareció gracioso y hasta cursi escuchar a varios amigos argentinos explicar sus orígenes en porcentajes: alguno podía decir que tenía cincuenta por ciento de alemán, treinta por ciento de italiano y veinte por ciento de vikingo; mientras otro jactarse de su ochenta por ciento de español y veinte por ciento de aborigen. Y así por el estilo.

Pero curiosamente, la revista Somos realizó hace unos días un interesante experimento de laboratorio en que dos personajes como Gastón Acurio y Wendy Ramos descubrían en porcentajes sus genes andinos, caucásicos, asiáticos y africanos, entre otros.

La única diferencia con estos ejercicios de deconstrucción genética –diferencia deliciosa, por cierto– es que siendo uno de los polos culturales del planeta, la antigua cultura peruana prehispánica se encarga de centripetar todas las inmigraciones y transformarlas en peruanidad pura. Quizás por eso no sepamos identificarlas siempre muy bien, pero aquello de que si no tenemos de Inga, tenemos de Mandinga, es una verdad profunda.

“Al que de inga no le toque
le tocará de mandinga,
todo es la misma jeringa
con diferente bitoque.
Algún fulano que enfoque
su genealogía extinta,
de ascendencia cuarta o quinta
por ramajes paralelos
hallará entre sus abuelos
desde la negra retinta”.
-Nicomedes Santa Cruz

Por esa razón, alentar chauvinismos y xenofobias aquí es quizás más ridículo que en ninguna parte del mundo. Los hermanos venezolanos atraviesan una crisis humanitaria cual ni siquiera hemos conocido en el Perú en toda nuestra historia republicana, ni aún en lo hondo de la crisis con el terrorismo y la hiperinflación de los años ochenta.

En estos momentos, considerar que quizás ellos mismos hayan contribuido a esa crisis política y económica al permitir que permanezcan en el poder trogloditas de las dimensiones de Chávez y Maduro, es impertinente. La vida humana vale más que cualquier ejercicio de teoría política.

Eso nos lleva a condenar con toda energía y firmeza los exabruptos de un candidato como Ricardo Belmont, quien en el colmo de la irresponsabilidad y aventurerismo político que lo caracterizan, sopla a todo pulmón el fuego del odio contra los hermanos venezolanos que llegan huyendo del hambre y la enfermedad.

Venezolanos hurgan en la basura en busca de alimento (Foto: AFP).

Todas las organizaciones políticas y sociales tendrían que haberlo condenado, lo mismo Transparencia y otras instituciones ligadas al quehacer electoral, y exigir que el Jurado Nacional de Elecciones tache a este candidato por alentar el atropello a los derechos humanos para ganarse unos cuantos votos. Si no, tachémoslo nosotros en las urnas.

Eso sí: nadie pretende quitarle al Estado peruano su potestad y su deber primigenio de proteger la seguridad y tranquilidad de sus ciudadanos. Todo venezolano que ingrese al país debe cumplir con nuestras leyes, sujetarse a ellas y no deben pretender privilegio alguno. Y si las organizaciones internacionales, las agrupaciones políticas u otros Estados pretenden presionar al Perú para que otorgue algún tipo de dádiva, tendrán primero que dar el ejemplo y comprometerse al mismo apoyo destinando presupuesto para fines humanitarios.

Pero eso es muy diferente a lanzar combustible, como ha hecho Belmont, sobre asunto tan delicado como el ánimo colectivo hacia los inmigrantes venezolanos. Por esa sola artimaña, injustificable y artera, se le debe descalificar de siquiera pretender gobernar a los limeños.

Aquí no se trata de ser políticamente correcto o agradar a determinados sectores de la opinión de izquierdas o derechas. Se trata de ser coherentes con nuestra condición de Estado democrático y respetuoso de los derechos humanos que la Constitución reconoce y consagra, derechos que no pertenecen únicamente a los ciudadanos peruanos, sino también a todos nuestros congéneres, a todos los ciudadanos del mundo. O son de todos o son de ninguno.

 

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