Lourdes Castillo es una joven periodista que ha trabajado en Panamericana Televisión. Ayer sorprendió a muchos con la publicación en su cuenta de Facebook del terrible testimonio sobre la agresión que habría sufrido hace unos años por parte de un camarógrafo que, entonces, laboraba en esa casa televisora, y que ahora, según señala, forma parte del equipo de Latina.

 

Sobran las palabras frente a la crudeza con que describe los hechos de su acusación, así como los temores que la obligaron a callar en su momento y los sentimientos que hoy la han llevado a revelar este momento dramático. Testimonio que ha generado una ola de comentarios de indignación por parte de colegas periodistas y amistades. Lo compartimos íntegro.

“Nada, en absoluto, puede justificar la violencia. Hoy después de muchos años puedo escribir estas líneas con la esperanza de llegar a las mujeres que estuvieron a punto o que fueron violentadas.

a mí también me pasó, algunos lo saben, otros se enterarán hoy.

Hace unos años cuando empecé como reportera fui a una de las comisiones más importantes de aquel entonces, el caso ‘Ciro Castillo’; lejos en Arequipa, el camarógrafo con el que trabajaba estuvo a punto de violarme.

Estaba sola, no conocía a nadie, estábamos en el hotel (que él ya conocía porque venía siguiendo el caso, yo reemplazaba a su reportera) no sabía si salir corriendo o dejar de luchar y echarme a llorar; él era más fuerte que yo, me superaba en tamaño y fuerza, y tuve miedo, mucho miedo.

Fui a una de las comisiones más importantes de aquel entonces, el caso ‘Ciro Castillo’; lejos en Arequipa, el camarógrafo con el que trabajaba estuvo a punto de violarme.

Le rogué, le supliqué que no lo hiciera, que tanto él como yo teníamos una hija, que pensara en la suya, que no le gustaría que pasara por eso algún día, pero fue inútil, no me escuchó.

Me arrojó al suelo e intentaba besarme y me decía que ‘esas cosas, eran normales’ entre camarógrafo y reportera, que nadie tenía porqué enterarse.

Fueron los momentos más horribles de mi vida, jamás me sentí tan sola como aquel día, tan vulnerable, tan sucia.

Pasé de la súplica al insulto, a las palabras fuertes, llenas de ira; le dije que me daba asco, que era peor que un animal, que era un ser ruin, que ojalá nunca le tocara vivir a su hija un momento así a manos de un asqueroso que intentará aprovecharse de ella; me escuchó, me soltó y me dijo tranquilamente ‘ya fue’.

Se paró del suelo y me dijo que no pasaba nada, que nada había pasado; decidí callar por miedo, el maldito miedo que no me dejó llorar ni gritar ni pedir auxilio.

Nos encararon (sí, frente a frente, víctima y agresor, mi calvario no había terminado y la humillación tampoco) y el muy cínico mintió.

Regresamos a Lima, y gracias a dos buenos amigos. Le dije a mi jefe lo que había ocurrido. Nos encararon (sí, frente a frente, víctima y agresor, mi calvario no había terminado y la humillación tampoco) y el muy cínico mintió; llorando dijo que yo había inventado todo, que quería arruinarlo, que era mala; felizmente él ya tenía una reputación dudosa y yo tenía miedo de perder el trabajo, por lo que no lo denuncié; lo que menos se quería era un escándalo así (sí, así se pensaba).

Ahora continúa en otro medio de comunicación y yo me arrepiento de no haberlo denunciado en la Policía, de no haber pasado por una prueba médico legal y no haber enseñado mis moretones, huellas que demostraban que me había salvado de una terrible agresión.

Créanme, es muy difícil tener que cruzarme a ese sujeto en comisiones; tener que escuchar su voz me remonta a aquel espantoso momento y me hace pensar en que otra mujer podría ser un víctima suya.

Algunos sabrán que me refiero a un ‘Latino’, otros quizás no, pero antes de que haya otra mujer que pase por esto, prefiero que lo sepa por mí y que tenga mucho cuidado con este ser tan despreciable.

Si bien es cierto seguí adelante, pero las marcas psicológicas jamás se borran, así que si alguna de ustedes es víctima de cualquier tipo de violencia denuncien, no se quedan calladas, ¡no hay nada peor que eso!”.