Lo dijimos. La estrategia jurídica usada por Pedro Pablo Kucyznski a fin de sortear el pedido de vacancia presidencial presentado en diciembre pasado fue apenas un calmante para la enfermedad política terminal que padece.

Mal aconsejado por asesores legales comprometidos con lo que fue el chasco jurídico del año 2000, cuando se vacó la Presidencia usando la figura de incapacidad moral en un sentido que no le correspondía, el presidente desperdició una segunda oportunidad de conjurar de tajo el fantasma de ser destituido promoviendo una reforma constitucional que llene ese vacío para que nadie pueda invocarlo por causales “políticas”.

Si hubiese encarado este despropósito constitucional como a un toro por las astas, ahora podría seguir dedicado a la inercia política hasta que su periodo acabe.

Pero hoy se impulsan en el Parlamento dos nuevas mociones en ese sentido. Si proceden, aunque la facción fujimorista de los “avengers” le endose nuevamente sus diez votos por abstención, esta vez PPK ha concentrado tal hartazgo en la opinión pública y en el propio Parlamento, que mal hará en esperar otro milagro.

Ha jugado todas sus fichas. Su imagen está tan deteriorada que sus apariciones públicas son cada vez más escasas, y en cada oportunidad que lo ha hecho, solo ha sido para demostrar que o vive en una burbuja creada por sus asesores –los que le quedan– o simplemente la realidad nacional no es una de sus preocupaciones.

En cuanto a los equilibrios parlamentarios, tras la decisión de indultar a Alberto Fujimori, debe dar por descartada cualquier tibieza por parte del APRA, Acción Popular, Alianza Para el Progreso o los dos Frentes Amplios.

Si hubiese encarado este despropósito constitucional como a un toro por las astas, ahora podría seguir dedicado a la inercia política hasta que su periodo acabe.

Es más: si alguna vez la carta de la libertad de Fujimori pudo haberle servido para despertar por lo menos emociones encontradas en Fuerza Popular, principalmente en la vieja guardia, ahora resulta todo lo contrario: la Bankada ha demostrado guardar poco respeto por su “líder” histórico y hacer un gran esfuerzo en marcar distancias para apenas concederle reconocimientos cumplidores, pero ninguna participación en su conducción.

Además, todavía humean en el campamento fujimorista las iras por el revés de diciembre pasado, de modo que esta vez resulta impensable que dejen escapar nuevamente a la presa.

Peor todavía en lo que se refiere a la defensa jurídica que podría necesitar ante el Parlamento. El indulto ha marcado un antes y un después. PPK atravesó lo que se conoce como “el punto de no retorno”. No hay vuelta atrás. Si Alberto Borea, con todo y su defensa acrobática pareció lo mejor que le pudo pasar al candidato a la vacancia, ¿quién querrá hoy acompañar al tribuno en el rol de hazmerreír en que lo colocó el mandatario?

Además, como se han ido presentando las averiguaciones parlamentarias, fiscales y periodísticas, la situación está mucho más complicada para el mandatario que a mediados de diciembre.

todavía humean en el campamento fujimorista las iras por el revés de diciembre pasado, de modo que esta vez resulta impensable que dejen escapar nuevamente a la presa.

Con un violento paro agrario encima que el anodino Consejo de Ministros que ¿preside? una desdibujada Mercedes Aráoz no sabe cómo afrontar; con demandas multiplicándose por el tema de los monopolios farmacéuticos y una evidente inoperancia del Ejecutivo –salvo raras excepciones como la de Bruce o Giufra–, el régimen hace aguas por todos lados, y el gabinete ministerial será un mal poste al que arrimarse para PPK.

Así las cosas, las únicas esperanzas del presidente tendrían que cifrarse en un súbito ataque de abulia parlamentaria veraniega que encarpete las mociones, aletargadas de desidias y desganos para afrontar todo un cambio de gobierno y estatus quo; o en alguna indeseable conmoción nacional que obligue a todos los peruanos y bancadas a la unidad, postergándose otra vez la destitución.

Ojalá el Papa le haya enseñado a rezar.