Escribe Manuel Cadenas Mujica

A estas alturas de la huelga nacional de maestros –que llega a los 50 días en algunas zonas y regiones–, se ha ido esclareciendo el panorama político. Y aunque esta aún no se resuelve, y probablemente tarde todavía en llegar a su momento final, ya se pueden proponer algunas conclusiones de cara al nuevo escenario que asoma y lo que se puede esperar de los próximos cuatro años que aún quedan a la administración de PPK.

En principio, ha quedado en evidencia que la gestión de Kuczynski no tendrá tregua ni cuartel de sus adversarios políticos, y que la razonabilidad no caracterizará su relación con ellos, si es que supuso que la capacidad de diálogo de sus interlocutores políticos bastaría para capear los temporales. Se podría replicar que ha ocurrido lo propio en los gobiernos que lo precedieron, pero en su caso, varios factores confluyen para deba prever vientos contrarios mucho más recios, de pronóstico reservado.

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Debe recordarse que desde los días de Fujimori, y pese a que sus sucesores (incluido Humala) mantuvieron mal que bien las mismas líneas matrices en materia económica, se trata del primer gobierno desde entonces identificado expresamente con una postura política considerada en estos predios como de “derecha”. Paniagua, Toledo, García y Humala, de alguna manera, cuidaron siempre presentar un perfil populista políticamente correcto que los librase de las iras sociales de los sectores “populares” y “progresistas”, pese a lo cual –sobre todo García con el Baguazo, pero también Humala con Conga– navegaron en aguas turbulentas.

PPK, en cambio, no puede ni quiere jugar esas cartas. Aunque lo intentase, resultaría extremadamente postizo. Su ADN político señalaría todo lo contrario, pues lo ubica en la orilla políticamente incorrecta. Por eso mismo, resulta más expuesto que sus cuatro antecesores.

Por esa misma razón, una eventual gestión exitosa debe ser evitada a toda costa o, cuanto menos, opacada y satanizada todo lo posible (como ocurre con uno de los más decididos intentos de los últimos años por establecer en verdad la meritocracia en el sector docente y a su vez mejorar sustancialmente sus condiciones salariales y laborales), porque significaría para todos sus adversarios el alejamiento de cualquier posibilidad electoral en el cálculo político hacia 2021. De modo que el clima en adelante se avizora de permanente confrontación, de constante obstrucción –parlamentaria, gremial y regional– y de incesante agitación.

Ministra Martens y maestros en diálogo.
Ministra Martens y maestros en diálogo.

Y es que en el caso del fujimorismo, no habría mejor escenario para la validación de su pasado político que un eventual endurecimiento del Ejecutivo hasta llegar, incluso, frente al obstruccionismo, a ejercer los mecanismos constitucionales para el cierre del Legislativo. Así lo ha entendido PPK y, hasta el momento, pese a sus amagues, no ha pisado ese campo minado. Escenario que, además, sería ideal tanto para la radicalización del extremismo como para justificar la prédica sobre la necesidad de un cambio de modelo.

Se ha pulsado al gobierno con esta huelga, se ha tomado nota de sus debilidades, se ha capitalizado la comprensión de que cualquier paso en falso ajustará el cepo, la escasa libertad de movimiento en que se encuentra atrapada la administración Kuczynski.

Pero, por otro lado, ha quedado expuesto también el carácter perentorio de los cambios y reformas estructurales que necesita el Estado peruano para acortar las distancias con el país informal, con el Perú real, a fin de integrarlo amigablemente al país formal, hacerle atractiva esa posibilidad. Las propuestas electorales de PPK iban por ese camino –el asunto del agua, por ejemplo, o las medidas que ya se han dado en materia de destrabamiento y eliminación de tramitologías, la recuperación lenta pero auspiciosa de la balanza comercial–, y aunque hayan tenido en verdad poca incidencia en la decisión popular que lo llevó a la Presidencia y tampoco parezcan interesar a nadie, son el único camino para amortiguar en parte las tormentas políticas y sociales que se le avecinan.

Pero solo en parte. Porque, en lo demás, tendrá que armarse de estoico valor para lo que resta de su gobierno, y de la firme convicción de que las decisiones trascendentales, las que en verdad dejan huella y le cambian el rumbo a las sociedades hacia su prosperidad y desarrollo, generalmente son las más impopulares, las más incomprendidas y las menos noticiosas. Hasta que su beneficio se deja sentir y, entonces, con ojos de historia, vendrán los reconocimientos, seguramente póstumos.

Pero si entretanto logra ahuyentar los fantasmas de la irresponsabilidad política y económica que pretende hacerse del poder pescando en río revuelto, habrá logrado suficiente.

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