Escribe: Bruno Ortecho – @bortecho

 

Gareca debería quedarse y Cueva debe seguir pateando penales. De alguna manera, un tema se relaciona con el otro: por la confianza. Aquella confianza que hizo que clasifiquemos al mundial y que Ricardo Gareca creyó e inculcó a un equipo y a una nación: el Perú. Y que lamentablemente le faltó una cuota a nuestro volante número 8 al momento de patear el decisivo penal contra Dinamarca. Penal que si entraba y solo Dios sabe, hubiera cambiado el rumbo de Perú en este mundial lleno de sorpresas.

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Gareca confió en el jugador peruano mucho antes que nosotros. Sabía de dónde cojeaba, qué lo motivaba y cómo hacer funcionar a una máquina de fútbol que no encendía desde hace 36 años. Al argentino, que nos impidió clasificar al mundial de México 1986, le sobra inteligencia para entender que las carencias de un equipo de fútbol se resuelven identificando sus raíces: la sociedad de la que proviene.

Una sociedad con poca confianza en sí misma, que se auto discrimina a razón de su poca autoestima e histórica desunión como un solo sentimiento: el ser peruano. Porque la historia duele. Duele haber sido un país centralizado desde siglos atrás. Duele la fantaseada superioridad que quienes gozan de mejores condiciones de vida creen tener sobre los sectores marginados. Y duelen sus consecuencias en la mentalidad del peruano.

Aquella mentalidad, que ha ido disminuyendo pero aún persiste, que todo elemento proveniente del exterior es mejor a lo nuestro en todas sus facultades. La mentalidad que cree que lo informal y lo relativamente fácil, quizás por intentar tomar un atajo en vez de escoger el camino duro pero correcto, es parte de nuestras costumbres y cultura. Que si no hay un poco de “picaronera”, un poco de “maña” y “viveza”, los objetivos no podrán ser alcanzados. Que está bien creer que se pueden hacer ambas cosas; escaparse de una concentración durante la noche para irse de fiesta y jugar el partido del día siguiente como si nada hubiese pasado es totalmente válido.

Pero gracias Gareca por pisar tierra peruana y saber poner orden. Gracias en serio por tener mano firme, por confiar en estos muchachos que andaban sin norte, y por enseñarles el verdadero sentido de la disciplina. Gracias por enseñarles a luchar por lo que realmente les apasiona. A creer en ellos y hacer que crean en sus sueños. .

Y a Cuevita, haz que siga tirando los penales. Haz que sepa que el verdadero peruano no patea en el piso al que ya está caído. A enseñarle a comprender que todos cometemos errores y que de esos aprendemos. Y, más importante de todo, que confiando en él se logrará que confíe en sí mismo. Quizás así, Cueva ya no vuelva a fallar un penal y pueda echarse tranquilo en su mueble a tomar su rica chelita al polo.

 

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