Escribe: Jaime David Abanto Torres (*)

“Todo arte y voz genial viene del pueblo y va hacia él”.
César Vallejo

Dicen que la vida humana comenzó en África. Y la música también, y sobre todo la música popular. Mi adolescencia y juventud transcurrieron entre libros de Derecho y mi afición por el rocanrol, los versos y las canciones de amor. Llegada la adultez, sentí un pequeño cargo de conciencia por haber vivido mi infancia en Lima, más precisamente en el distrito del Rímac, mi adolescencia en Chosica, y no tener el gusto por la música criolla como buen bajopontino, ni por la música andina. Recordemos que mucho antes del apogeo de la technocumbia y la cumbia en todas sus variedades, en la Carretera Central imperaban la chicha y la música vernacular.

Tiempo después me sorprendió gratamente que mi hija mayor heredara mi afición por la música, y que gustara de las creaciones de los Beatles. Por ella supe que los grandes de Liverpool tocaban covers de los grandes músicos afroamericanos como Little Richard (Long Tall Sally (Sally la larguirucha) y Tutti Frutti) y Chuck Berrie (Rock and Roll Music y Johnny B Good).

Recordemos que los Beatles eran jóvenes de la clase obrera, y es muy probable que sus padres trabajaran en los grandes astilleros de Liverpool, muchachos contestatarios que tocaban música afroamericana, y entonces comprendí que el rocanrol tenía sus raíces en el rithm and blues afroamericano.

Registro histórico: Miki Gonzales y los hermanos Ballumbrosio pusieron al día el rock peruano con influencias afroperuanas. (Foto: Andina)

Aquí en el Perú de los ochentas y noventas comenzó a sonar con fuerza el rock fusionado de Miki González, que combinaba el rocanrol con fuerte influencia del punk de The Cure con los ritmos afroperuanos de la familia Ballumbrosio. En estos días me atrevo a decir que en realidad la fusión no es tal, pues simplemente se combinó música afro de origen norteamericana o inglesa con música afroperuana. Y que, sin saberlo, las letras y música que algún día compuse y canté por los ochentas con un grupo de grandes amigos chosicanos era en realidad música afro.

Ahora, soy un gran aficionado a la música peruana en todos sus ritmos. Una canción que escuchaba en las fiestas de mi adolescencia era La tierra de las mil danzas (Land Of a Thousand Dances), que era un cover de J. Geils Band que en su versión original era interpretada por el gran Wilson Pickett. Y la tierra de las mil danzas existe, y se encuentra en el Perú, en Puno. En los carnavales puneños, en la fiesta de la Mamacha Candelaria, desfilan los danzantes de las mil danzas. Testimonio de la inmensa riqueza de nuestra música popular en la que brillan con luz propia el carnaval cajamarquino y la marinera trujillana.

La Fiesta de la Candelaria reúne la más grande variedad de danzas de todo el Perú. (Foto: Internet)

Hace algún tiempo el Ministerio de Educación de Argentina convocó a los rockeros argentinos a grabar Encuentro en el Estudio, programa dirigido por Lalo Mir, feliz iniciativa gubernamental en la que quedó un testimonio de su cultura musical para la posteridad. Aquí en el Perú, nuestros grandes autores, compositores e intérpretes están pasando a mejor vida. Espero que nuestro Ministerio de Cultura imite la experiencia argentina y comience a grabar las grandes creaciones de nuestra rica y variada música popular. Espero que muy pronto el canal y radio estatales contribuyan a su difusión masiva. Estoy seguro que ello contribuirá a forjar nuestra identidad nacional.

(*) Abogado por la Universidad de Lima. Maestrando en Derecho Constitucional por la PUCP. Juez Titular del 1° Juzgado Civil de Lima. Autor de libros y varios artículos en materia jurídica y de MARC’s.