Hace unos días, durante una consulta en el Instituto Nacional de Rehabilitación Dra. Adriana Rebaza Flores (Chorrillos), me hicieron una pregunta que para la mayoría suena a pura rutina: “¿Grado de Instrucción?”. Mi respuesta pareció molestarle al médico que no sé si puso en duda mi limitación para oír o mi nivel de estudios; creo, por experiencia, que fue lo primero.

Soy consciente de que el prejuicio -como el de este médico o el del funcionario de Sunat que me maltrató hace unos años- es algo que no está en mis manos cambiar, pero considero importante que se conozca cuál es la verdadera realidad respecto del acceso a la educación de las personas que, como yo, vivimos con discapacidad auditiva.

Quizás esta información, desconocida para la mayoría, contribuya a cambiar un poco la forma de ver u oír a las personas con discapacidades sensoriales.

–EL PRIVILEGIO DE ESTUDIAR–

Empezaré con una afirmación: En el Perú, muy pocas, poquísimas personas con discapacidad auditiva pueden acceder a la educación superior. Es más, tienen suerte si pueden culminar la secundaria.

¿Suena exagerado o alarmista? La realidad, la cruda realidad, es aún peor.

Según un informe presentado en septiembre de 2016 por el Consejo Nacional para la Integración de la Persona con Discapacidad –Conadis-, quien cita a su vez al INEI, para el año 2015, de 1,6 millones de personas con discapacidad en el Perú, 560 730 vivíamos con limitaciones de audición. Más de medio millón. Es decir 34,6 por ciento de la población total de personas con discapacidad son personas sordas.

Tan solo 6 mil de más de 125 niños se encuentran estudiando en el colegio, según información de Conadis (Foto: Internet).

Aunque no dice cuántas de ese más de medio millón de personas con sordera en distintos niveles de severidad están inscritas en Registro Nacional de la Persona con Discapacidad, sí señala que el 14,4 del total de personas con alguna discapacidad está inscrito, y de los inscritos, más del 40 por ciento se encuentra en edad de estudiar: 21,7 por ciento son niños y adolescentes; y 22,3 por ciento, jóvenes entre 18 y 29 años. Hablamos de 246 mil 721 personas.

Hay que tener en cuenta esta última cifra en mente para lo que sigue.

En la sección “Características educativas de las personas con discapacidad auditiva”, Conadis señala que 6534 niños con sordera formaban parte del sistema educativo escolar en el año 2016. De estos, 2203 estaban matriculados en nivel primaria en escuelas inclusivas (con niños normoyentes).

¡Solo seis mil de poco más de 125 000 niños sordos!, según las cifras del censo mencionado líneas arriba.

No indica Conadis cuántos de esos seis mil logran terminar el nivel básico educativo (primaria y secundaria) en alguno de los dos colegios especiales que existen en el Perú, y que además se ubican en Lima.

Más adelante, Conadis hace referencia al II Censo Nacional Universitario del año 2010. Tan solo 1218 personas sordas estaban en pregrado. Tampoco menciona si culminaron o no la universidad.

Se leyó bien: solo 1218 jóvenes sordos de poco más de 6000 ¿En qué nivel se quedaron los restantes 5316? ¿A qué se dedican? ¿Cómo viven? Condenados de seguro a vivir de los programas sociales.

–EL ALTO COSTO DE NO ESCUCHAR–

Pienso en los grandes ofrecimientos de campaña, en las millonarias coimas en busca de poder, en tantos niños cargados en brazos de candidatos que ofrecen el oro y el moro por un voto pero que finalmente caen en saco roto al pagar los favores políticos con puestos clave. Es doloroso para mí comprobar que haber llegado a un nivel superior técnico es un verdadero privilegio.

Una leída a las cifras de la OMS podría cambiar la percepción de tantos políticos y congresistas, que solo calientan curul: los casos desantendidos de pérdida de audición representan un costo mundial anual de 750 000 millones de dólares internacionales. Estas cifras no incluyen audífonos ni implantes cocleares, pero sí la atención médica (el SIS por ejemplo), el apoyo educativo, la pérdida de productividad y los programas sociales.

He vivido con la idea de que si hubiese podido acceder a un grado más alto de educación la calidad de vida podría haber sido mejor para mí y para mi familia; pero, repito, formo parte del minúsculo grupo privilegiado de los que accedieron a un nivel de educación superior técnico.

Soy consciente de que el prejuicio -como el de este médico o el del funcionario de Sunat-es algo que no está en mis manos cambiar, pero considero importante que se conozca cuál es la realidad respecto del acceso a la educación de las personas que, como yo, vivimos con discapacidad auditiva. Implementar políticas específicas, reales y adecuadas, que obviamente están en manos de políticos y gobernantes, nos beneficiará a todos, en todos los niveles, individualmente y como país.

 

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Escritora en temas gastronómicos y de bebidas. Fotógrafa aficionada y bloguera. Con estudios en literatura, ha sido redactora y es actual editora del portal especializado La Yema del Gusto desde 2012. Directora adjunta de la campaña Semana del Chilcano también desde el 2012, Dedicada a la difusión del pisco y la coctelería peruana.