Escribe Manuel Cadenas Mujica

 

El 12 de septiembre de hace 25 años, no solo se produjo la captura de uno de los delincuentes más buscados del país y de su camarilla, sino que se hizo frente por fin, con decisión, valor e integridad, y de un modo contundente, a una de las mentiras más grandes que hayan intoxicado el espíritu de nuestra nación: que en nombre de una supuesta buena intención sea justificable valerse de cualquier medio, y que el valor de la vida humana es relativo frente a la imposición de una pretendida verdad preconizada por un demente “iluminado”.

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Es una lástima que ese vigor con que se enfrentó aquella vez esta plaga sociopática haya decrecido. ¿La razón? No podemos endosarla solamente a sus socios ideológicos –sectores de la izquierda marxista que de modo consciente o inconsciente le han hecho históricamente el juego, traicionados por un sentimiento de culpa al no haberse atrevido ellos a realizar la “revolución”–; también ha sido responsabilidad de la sociedad en su conjunto, despreocupada de comprender bien lo que le había sucedido, para que no le vuelva a ocurrir.

El 12 de septiembre de 1992 cayó Abimael Guzmán, alias Presidente Gonzalo, líder de grupo terrorista Sendero Luminoso.
El 12 de septiembre de 1992 cayó Abimael Guzmán, alias Presidente Gonzalo, líder de grupo terrorista Sendero Luminoso.

Quizás sea lo que quiso decir el presidente del Poder Judicial, Duberlí Rodríguez, cuando afirmó ayer que la derrota del terrorismo debía ser ahora “ideológica”, aunque su afirmación en el fondo confirme esa errónea percepción y concepción del fenómeno senderista: considerar “ideología” los dictados criminales de esta secta, a los que la sociedad peruana tendría que “derrotar” mediante algún debate, es atribuirle un estatus que no tiene, homologarla con cualquier doctrina democrática, cuya naturaleza no tiene.

Las sociedades democráticas se caracterizan por tu tolerancia con todas las ideas, salvo aquellas que suponen su propia destrucción y que pretenden valerse de la libertad de la que goza para socavarla por dentro. Las sociedades democráticas no validan ninguna manifestación que implica la desaparición de la democracia, sin importar cómo se entienda este sistema. Esa pretensión es, por sí misma, delictiva, ya que presupone una conspiración y el uso de medios como la violencia. La sociopatía senderista es en sí misma un cáncer antidemocrático.

69 campesinos fueron asesinados en Lucanamarca por Sendero Luminoso el 3 de abril de 1983.
69 campesinos fueron asesinados en Lucanamarca por Sendero Luminoso el 3 de abril de 1983.

Si no fuera así, los propios sectores del comunismo marxista integrados a la dinámica democrática no hubiesen tomado alguna o mucha distancia de esta sociopatía maoísta; unos por verdadera vocación democrática, otros por mera conveniencia, pero todos convencidos de que esa vía implica un sendero directo hacia el abismo de la deshumanización. Comparten la obsesión estatista, los mismos delirios económicos que han llevado a la miseria a muchas naciones y los aires de superioridad moral e intelectual, pero no la insania asesina.

¿Qué debe comprender nuestra sociedad para enfrentar nuevamente con vigor la demencia terrorista de Sendero Luminoso, hoy reencarnado en Movadef y otros grupos prosenderistas? En primer lugar, que es absolutamente falsa la supuesta justificación que tuvo en las condiciones de pobreza e injusticia social. Frases como “mientras exista desigualdad en el Perú seguirá siendo un caldo de cultivo para la violencia política” reflejan hasta qué punto muchos peruanos se han tragado completo el sapo del terror.

Si uno revisa los documentos de Sendero Luminoso y los compara con los escritos del maoísmo notará un elemento en común: el fanatismo extremo. Las proclamas crípticas –repetidas cual mantras, como se puede ver en cualquier video, entre ellos los de Maritza Garrido Lecca– han reemplazado cualquier viso de reflexión. Con ojos desorbitados y extáticos, las huestes de Guzmán los repiten como rezos que retroalimentan el desquicio. Si algún caldo de cultivo existe para esa sociopatía no será tema para la sociología, sino para la psiquiatría.

Martiza Garrido Lecca cumplió 25 años de cárcel por el delito de terrorismo.
Martiza Garrido Lecca cumplió 25 años de cárcel por el delito de terrorismo.

Por lo demás, como se sabe, Sendero Luminoso jamás contó con respaldo popular ni en el campo ni en la ciudad. Tanto que en su desesperación por encontrar un asidero para su pretendida insurrección arrasó con humildes poblaciones rurales, destruyó infraestructura como hospitales y escuelas, asesinó autoridades elegidas, hizo volar a modestos policías y persiguió a las rondas campesinas. Estas últimas, precisamente, de las zonas más pobres del país, tuvieron un rol protagónico en la derrota de la banda criminal de Abimael Guzmán.

Así que, ¡qué caldo de cultivo ni qué ocho cuartos!

En segundo lugar, a fin de no seguir reblandeciéndonos, debemos descartar la sensiblería falaz de quienes buscan convencernos del carácter idealista de la cúpula encabezada por Guzmán, como si al no haber empuñado un fusil o no haber colocado un coche bomba con sus propias manos, no tuviera la misma responsabilidad asesina que los cuadros “militares”. Por eso les llaman “presos políticos”. Por eso piden amnistía. Por eso dulcifican a Maritza Garrido Lecca (o creen que negó a Sendero Luminoso por mera conveniencia burguesa) y mansifican a Movadef.

“El pueblo perece por falta de conocimiento”, decían antiguos profetas. Y aquí se aplica muy bien. Un mínimo de información sobre el maoísmo –que deberían impartir en las escuelas como una vacuna– permitiría saber que en esta corriente delirante el “aparato militar” (los que matan) está siempre sometido al “aparato político” (Abimael  Guzmán y su entorno, en este caso), estableciéndose la autoría intelectual de cada asesinato. Y que negar toda vinculación –ayer Garrido Lecca, hoy Movadef– es un protocolo senderista para despistar al enemigo.

Por último, los peruanos jamás debemos olvidar que, como dice el cantautor uruguayo Jorge Drexler refiriéndose a los conflictos en Medio Oriente, “no hay una piedra en el mundo que valga lo que una vida”. Ningún pretendido idealismo, ninguna doctrina pragmática, ninguna consideración política, valen ni media existencia humana. No existe moneda de cambio para ese don milagroso. Pero es precisamente ese inmenso coste el que lleva a sopesar el único justiprecio sobre quien, como Sendero, se atreve a menospreciarlo: la pena de muerte.

"Ningún pretendido idealismo, ninguna doctrina pragmática, ninguna consideración política, valen ni media existencia humana".
“Ningún pretendido idealismo, ninguna doctrina pragmática, ninguna consideración política, valen ni media existencia humana”.

Que nuestra legislación no la contemple, que como demócratas respetemos el Estado de Derecho y no tomemos la justicia con nuestras manos no implica que la sangre derramada no haya merecido el castigo capital o la muerte en vida que es la cadena perpetua. Que agradezcan por ello a sus socios y lobistas. Que agradezcan a la sociedad peruana y su corrupta clase política, cuya desmemoria fue el talón de Aquiles que permitió tal blandura. Eso es lo que hay que recordar este 12 de septiembre. Y hay que recordarlo cada día.

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