Si Acción Popular interpretase que la actual elección de su candidato a la alcaldía de Lima, Jorge Muñoz, y a otras provincias y distritos, significa una adhesión fervorosa a su símbolo y a su destino –o como dicen los comentaristas políticos “un resurgimiento de la lampa”– se equivocará tanto como ha hecho los últimos dos años Fuerza Popular al creer que la mayoría parlamentaria lograda en 2016 evidenciaba un voto fujimorista puro y duro.

 


Por supuesto que cada quien es libre de abrazar la ficción política que mejor le parezca. No obstante, cuando se trata de ejercer cargos populares como ser presidente, congresista, gobernador o alcalde, el precio de vivir en esa fantasía no lo pagan solamente los partidos en las urnas cuando la realidad electoral los abofetea en la cara, como en los resultados de este 7 de octubre, sino también los ciudadanos que debemos padecer en el entretiempo las consecuencias de una conducta necia y prepotente.

Lo que acaba de suceder no debe interpretarse como una inclinación hacia los partidos “tradicionales”, un giro hacia la derecha o la validación de Acción Popular y otras agrupaciones también triunfantes como si ahora se las considerase ajenas a la percepción negativa que tiene la población sobre los políticos.

Si Acción Popular interpretase los resultados electorales como un “resurgimiento de la lampa”, se equivocaría tanto como Fuerza Popular y su mayoría parlamentaria.

El voto para la alcaldía de Lima y otras provincias y distritos, así como para las gobernaciones, ha sido un voto eminentemente pragmático. El elector peruano promedio no se compra los discursos ideológicos de ninguna tienda, mucho menos las identidades partidarias que, en nuestro contexto, tienen ya poca o ninguna relevancia. Lo que ha hecho y hace el grueso de votantes es mantenerse cauto y observar las señales de alerta que puedan presentar los candidatos en el camino hacia las urnas.

El caso de Lima ha sido muy elocuente al respecto. Para efectos prácticos, los indecisos y los que movilizaron su voto de un candidato a otro en las dos últimas semanas se comportaron de la misma manera: expectantes, prudentes. Se encendieron las alertas sobre Reggiardo con su ausencia al debate. Con Belmont, por su constante bacanería. Con Urresti, la señal fue el proceso judicial que le cortó las alas.

En cambio, Muñoz aportó signos tranquilizadores verbales y no verbales en el debate, leídos como auténticos, que se fueron confirmando a lo largo de los últimos diez días en el “boca a boca”.

Contrario a sus adversarios, Jorge Muñoz aportó signos tranquilizadores durante el debate leídos como “auténticos (Foto: Internet).

¿No advirtieron los demás candidatos esa cautela de los electores (que, dicho sea de paso, ojalá, podría configurar una esperanza de madurez cívica)? Todo indica que no, por estar distraído cada cual en su propia posverdad, que han terminado creyéndosela con convicción.

La posverdad de Reggiardo fue suponer que le funcionaría el silencio que usó Castañeda en su momento, hace cuatro años, cuando lo único que se quería era sacarse de encima a la Villarán y volver a una supuesta primavera de obras. “No digas nada, calladito vas a ganar más, vas a ver, a la gente no le interesan los debates”, le habrán dicho.

La de Belmont, la demagogia típica del bacanazo de los años ochenta. “Yo sé cómo piensa el pueblo”, se engañaba a sí mismo, “el que manda en la casa es el hombre, yo sé cómo es la gente del barrio, pues; yo siempre he estado ahí, así gané mis acciones de RBC”, fantaseaba desde su penthouse en Chorrillos.

Urresti quizás haya sido el único con una lectura mejor ubicada en el actual contexto, aunque no haya calculado que el proceso judicial le iba a ser adverso incluso si salía absuelto, porque en este momento, dadas las circunstancias, eso de por sí activaba una señal de alerta.

Por esa misma razón, los discursos del miedo, homofóbicos, xenófobicos o “profamilia” no calaron tanto como suponían quienes se quedaron atrapados en el escenario electoral de 2016. En el equívoco razonamiento de que, si el cincuenta por ciento del país había votado por un partido populista y conservador, bastaría invocar los mismos argumentos para capturarlo de nuevo. Es más, creyendo que nunca se habían perdido, que constituían un “capital electoral”.

Todo indica que, por estar distraído cada cual en su propia posverdad, han terminado creyéndosela con convicción.

He ahí la ficción. Si en 2016 la foto electoral fue esa, pronto se decoloró. Dejó de serla el mismo día en que Keiko Fujimori apareció anunciando que si no había llegado a Palacio, gobernaría desde el Congreso. Ha corrido demasiada agua bajo el puente desde entonces, con censuras y vacancias y renuncias y Mamani audios y CNM audios, como para ignorar que el ciudadano de hoy –y hay cientos de miles de jóvenes sumados al caudal electoral– está hastiado, en guardia y atento al menor signo de estar frente a más de lo mismo.

No existen más los bastiones partidarios. No hay tal cosa como “voto escondido” o “voto rural” fujimorista, aprista, pepecista, apepepecista, pepekausista o frenteamplista. El ciudadano promedio de hoy es mucho más práctico; no será tan políticamente ilustrado, pero es mucho más informado; quiere cambios, pero no desea aventuras a lo Venezuela; es relativamente conservador, pero no se compra los discursos recalcitrantes de la extrema derecha.

Y, sobre todo, es muy dinámico. Al estar más informado, incluso cuando no es políticamente ilustrado, el ciudadano de hoy es muy sensible y está muy atento a los mensajes que llegan desde la política; los positivos, pero sobre todos los negativos. No los comprenderá del todo, pero sabe de quién y de qué debe cuidarse. Lo castiga dejándolo fuera del juego.

No existen más los bastiones partidarios. No hay tal cosa como “voto escondido” o “voto rural”.

Otra lección que aportan estas elecciones es que el grueso de electores –siempre habrá excepciones– no se deja seducir por un taper o un helado, por bailecitos y cuchipandas, por publicidades que se suponen inteligentes al tratarlo como estúpido (porque creen que lo conocen) o por excentricidades y chabacanerías.

Ojalá que eso, insisto esperanzado, configure alguna suerte de madurez política. La búsqueda de la mejor opción en el momento –una búsqueda intuitiva y emocional si se quiere, antes que del todo racional, pero búsqueda al fin– en lugar del mal menor.

Así que no celebren más de la cuenta en el Paseo Colón, imaginándose presidenciables. Esta no es más que la foto de hoy. Aprendan la lección de sus vecinos de Fuerza Popular, ya que ni ellos mismos son capaces de hacerlo (sino, baste escuchar las “explicaciones” que dan a su derrota: cero autocrítica). La foto de 2021 será otra.

 

 

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