Un grave peligro se cierne sobre América Latina ahora que un populista de izquierda arriba a la presidencia de una de las economías más importantes del continente. El arribo de López Obrador a la conducción de México lleva directamente a preguntarse si nuestros países alguna vez aprenderán la lección de la historia, que nos ha demostrado una y otra vez las nefastas consecuencias de aplicar este tipo de políticas

 

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Sin embargo, toca reconocer que la tentación es muy grande y los cantos de sirena del populismo suenan muy fuerte tras tres décadas de aplicación de un modelo seudoliberal, en realidad mercantilista, que sin bien ha dado un respiro a las cifras macroeconómicas gracias a una relativa y tímida liberalización, no ha sabido –ni le ha interesado lo suficiente– conjurar los males sociales más agudos.

-LA VULNERABILIDAD-
Los economistas más serios se han esforzado en demostrar que la población latinoamericana, en general no encuentra obstáculos para salir de la pobreza y prosperar en cuanto se destraba la tramitología y se deja de castigar el emprendimiento. Que no necesita las propinas “sociales” que encantan a los populismos. Pero también han advertido con gravedad sobre el verdadero desafío: la vulnerabilidad.

Economistas consideran que el verdadero desafío es la vulnerabilidad (Foto: IPE)

Vulnerabilidad es invertir y emprender y ver la ruina de la noche a la mañana por culpa de la inseguridad ciudadana, por un robo o hasta por la muerte que devuelve a familias enteras a la pobreza. Vulnerabilidad es tener que abandonar negocios y puestos de trabajo cuando la sombra de una enfermedad devora pequeños capitales y ahorros, por una salud pública inútil o inexistente. Vulnerabilidad es recibir los embates de un sistema tributario que ahorca a los pequeños y apaña a los más grandes.

Vulnerabilidad es perderlo todo en un desastre natural cuyos efectos y consecuencias se pudieron prevenir o atender sino fuera por la corrupción política que desangra el erario, que lo derrocha con indolencia en vana publicidad, que lo desvía porque “la plata te llega así fresquita pues hermano, cinco palitos y tú sin mover un dedo”.

Si a eso sumamos la ilusión de las estadísticas que, como las del INEI, maquillan la realidad de manera vergonzosa –excluyendo de la condición de pobreza a la gran mayoría de peruanos que ganan entre 1200 y 2000 soles, como si alguien pudiese más que sobrevivir con ese ingreso, sin ningún horizonte para atender necesidades de educación o salud–, tenemos el coctel perfecto para la voracidad de los discursos demagógicos.

-FALSOS MILAGROS-
En un escenario como este, no sorprende que los tentáculos del populismo hayan conseguido instalarse en una de las economías más poderosas del continente, pero a su vez uno de los países más castigados por la vulnerabilidad social, que el mercantilismo aupado al poder desde hace tres décadas no ha sabido ni querido atender debidamente. Es natural que, en tales circunstancias –a las que en el caso particular de México se suma el hartazgo por el largo imperio del PRI–, los electores estén proclives a escuchar el discurso seductor del populismo de izquierda.

“Vulnerabilidad es perderlo todo en un desastre natural cuyos efectos y consecuencias se pudieron prevenir o atender sino fuera por la corrupción política que desangra el erario” (Foto: RFI).

Le sucedió al Perú en los gobiernos de Velasco, Morales Bermúdez, y García, entre 1968 y 1990. Les sucedió en su momento a Venezuela y Argentina, dos poderosas economías como México, y vemos la ruina que ha dejado la aplicación de esa receta. Que es la misma de siempre, por más que se revista de nuevos discursos. Como diría en 1976 la Dama de Hierro, en su tan socorrida frase: “El socialismo fracasa cuando se les acaba el dinero… de los demás”.

Y por si alguien saliese con la fábula del milagro boliviano en socialismo, habrá que recordar cuánto le va costando al futuro de ese país: de 1800 millones de dólares de deuda externa que encontró Evo Morales al entrar al gobierno (tras lograr una condonación de 3100 millones), hoy asciende a 16 000 millones de dólares, mientras que las reservas internacionales netas han caído en un tercio.

Eso sin hablar de que nadie ha conseguido explicar el supuesto “crecimiento” boliviano a través de la “demanda interna” cuando las exportaciones ya habían caído a la tercera parte en 2017, y las importaciones también, sin que los nuevos sectores productivos impulsados desde el gobierno tras las nacionalizaciones hayan conseguido despegar. Solo se explica por el evidente despilfarro del erario –la consabida “distribución” de la riqueza– o la inyección económica de los sectores ilegales.

-NO ES CULPA DE LA LIBERTAD-
Pero el populismo de izquierda ha encontrado una oportunidad de oro en la indolencia reinante para difundir su falacia favorita: la culpa es del libre mercado, al que identifican con ese “modelo neoliberal” cuya verdadera naturaleza –como dijimos– es seudoliberal, mercantilista, de alianza entre los poderes económicos y políticos para obtener del Estado toda suerte de privilegios e instalar la competencia desleal y el monopolio como dinámica económica.

Como si antes de que se aplicase una liberalización de los mercados –a principios de los noventa– hubiésemos vivido en el paraíso terrenal, el populismo de izquierda se ha dedicado a presentar las desigualdades económicas y sociales y existentes como resultado esa liberalización, cuando es todo lo contrario: fue una apertura demasiado tímida solo para favorecer a los poderes económicos, pese a lo cual los beneficios han sido más que evidentes en relación con la situación precedente.

El populismo de izquierda ha encontrado una oportunidad de oro en la indolencia reinante para difundir su falacia favorita: la culpa es del libre mercado (Foto: internet).

Y eso es precisamente de lo que no quieren hablar: cómo se llegó a la crisis que desembocó en la aplicación de una discreta libertad de mercado. Fue precisamente mediante la aplicación de la misma fracasada receta que ahora el populismo de izquierda pretende vendernos como solución para todos los males.

Lo que nuestros países requieren no es más Estado en lo que no le compete. No se trata –como ahora– de “más Estado” interviniendo a favor de los poderosos con reglas de juego que impiden la libre competencia y el emprendimiento.

Pero tampoco se trata de “más Estado” convirtiéndose en juez y parte, “distribuyendo” una riqueza que no es suya y que no produce ni le toca producir, aplicando bajo diversos disfraces la política de subsidios, cuya factura más tarde que temprano pagan los propios pueblos, no solo con más sufrimiento económico sino con el costo social de cargar con generaciones enteras acostumbradas a vivir prendidas de las ubres del erario y no de su trabajo.

Lo que nuestro continente requiere es más libertad económica. La oportunidad para todos los sectores de emprender, producir y generar empleo en igualdad de condiciones, sin privilegios, sin proteccionismos, sin monopolios. Mientras el Estado se dedica a lo que le corresponde: brindar orden y seguridad ciudadana y jurídica, infraestructura, salud y educación.

 

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