La izquierda socialista peruana podrá jurar y rejurar que no tiene vínculos directos o indirectos con el terrorismo, como viene haciendo desde los días en que se declaraba en huelga de hambre por la liberación de los “presos políticos” de Sendero en el Congreso bicameral de los años ochenta. Pero lo cierto es que siempre sus acciones terminan hablando más fuerte que sus palabras.

 

Parece que la sangre del parentesco ideológico termina imponiéndose siempre a los dictados de su razón. El inconsciente la traiciona, y a la hora de las definiciones, cuando debe zanjar su dilema ético—político, decidir entre sus declaraciones democráticas y su corazón revolucionario, el segundo se impone.

No es la única manifestación de su disforia ideológica. Le ocurre lo mismo cuando debe establecer definiciones acerca de lo que se considera una dictadura. No le tiembla la mano si el autócrata es de derecha, militar, conservadora, neoliberal, desarrollista o simplemente mercantilista. Irrumpe a voz en cuello proclamando aires de libertad y convoca a homéricas jornadas en que se siente campeona de la democracia.

No es la única manifestación de su disforia ideológica. Le ocurre lo mismo cuando debe establecer definiciones acerca de lo que se considera una dictadura.

¡Oh cuánto la hemos visto alardear de su fervor por los derechos humanos, de su hambre y sed de justicia social, de su odio al opresor! No obstante, como por arte de magia o hipnotismo, basta que el tirano usurpe el poder en nombre de algún difuso ideal revolucionario, que se declare bolivariano o nacionalista o antimperialista, para que la izquierda socialista peruana pierda todo recato y sentido de realidad, para que se obnubile de fanatismo y en nombre de esas dudosas causas tolere los atropellos más infames contra la dignidad humana.

A la izquierda peruana le ocurre lo que a Maradona: alucina con los dictadores socialistas, son una droga para ellos que los saca de la realidad.

Por eso es tan difícil creerle también a la hora en que la Nación espera de ella la prueba de su fidelidad a los principios democráticos y del Estado de derecho. Porque a la misma izquierda que se envalentona contra las Fuerzas Armadas y Policiales, le flaquean las piernas cuando se trata de un exterrorista, le tiembla la mano para poner trancas a su paso siniestro, a su perfidia, a sus planes soterrados de esperar en “un recodo del camino”.

Bajo el cobijo de la izquierda socialista peruana, ese terror aguarda agazapado en los poderes públicos, en las oficinas congresales, en los museos y mausoleos, en las escuelas y universidades, en sindicatos y gremios, en las comunidades urbanas y campesinas, en los movimientos culturales, confundida entre gentes de bien cuyas ansias de un mejor porvenir y la frustración ante un Estado inepto resultan el pretexto perfecto para el predicamento falaz de quienes jamás se arrepintieron del daño que hicieron al Perú.

Por eso se niegan grupos como el Frente Amplio a cualquier medida de protección que la sociedad, a través de sus representantes, propone o intenta establecer para que el terrorismo del Sendero Luminoso o el MRTA no vuelva a aprovecharse de las libertades democráticas y destruya a la democracia por dentro, como hizo en los años ochenta. No pueden definirse contra el terror porque, aunque no lo quieran, los traicionan los lazos de sangre.

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here