Gobierno pagó el doble del precio de mercado por casas prefabricadas para damnificados de El Niño.

Escribe Manuel Cadenas Mujica

La reportera de Panorama acude a una tienda que podría ser Maestro o Sodimac y pide cotizar los materiales para construir una vivienda de las mismas dimensiones y características que las adquiridas por el Ministerio de Vivienda para atender a dos mil familias damnificadas por el fenómeno del Niño. Redondeando, se las presupuestan a 6000 soles cada una. La reportera consulta una segunda opinión, una empresa dedicada a este tipo de fabricaciones, y le dan más o menos la misma respuesta por los mismos materiales y mano de obra.

Con ambas evidencias, la reportera pregunta a la viceministra por qué entonces su sector ha adquirido las viviendas al doble de precio, y esta responde con cara de tú—no—sabes—nada—yo—te—voy—a—escuelear: “Ese presupuesto está mal hecho”. Según la funcionaria, el error consiste en que la reportera no ha considerado que aquella es una industria y entonces tienen otros costos que considerar, así como el hecho de realizar una producción en tales cantidades en tan breve plazo, el transporte y la instalación.

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Este y otros ejemplos que se han hecho famosos por absurdos (“el puente no se cayó, se desplomó”, el más célebre de todos) vienen demostrando que las diversas instancias del sector público no se han dado cuenta todavía de la revolución que ha producido en el concepto de mass media en los recientes años, con el empoderamiento del ciudadano común gracias a que hoy su voz y su opinión es escuchada y se multiplica en las instancias digitales. Creen que todavía es posible pasar inadvertidos con un palabreo.

Dicho en buen cristiano, todavía nos creen idiotas. Como si se pudiese ignorar que resulta totalmente incongruente con la realidad que exactamente un mismo producto, de la misma marca y descripción, cueste más con el propio fabricante que si se recurre a la intermediación de los canales de comercialización. Como si alguien se pudiese tragar también que los precios al mayoreo puedan ser más altos que al minoreo. En serio suponen que el ciudadano común y corriente es lo suficientemente desinformado y descriteriado, y que su explicación bastará.

De la misma manera la ministra de Educación y el propio presidente anuncia a todos los vientos que ha llegado a un acuerdo para que se reanuden las clases escolares, mientras el centro de Lima y otras ciudades del país están tomadas por los profesores en huelgas, que no vuelven a sus clases ni están dispuestos hacerlo, porque pertenecen a alguna de las cuatro facciones del Magisterio (entre ellas las prosenderistas adscritas a Movadef y Proseguir) y desconocen a los dirigentes nacionales.

O el Ministerio de Salud declara que no existe desabastecimiento de medicinas e instrumental en los hospitales, sino “solo un problema logístico”, como si de un plumazo, por esa sola declaración, los ciudadanos dejasen de recibir enormes recetas que deben comprar para que sus pacientes no se les mueran.

Pero aquello no ocurre solamente en las instancias públicas. Inclusive la empresa privada incurre en tales paparruchadas. Hace unos días, la empresa Nestlé creyó que su réplica al titular del Minagri señalando que Sublime contiene 27 por ciento de “sólidos de cacao” era suficiente para taparle la boca.

No contaba con que los usuarios de las redes sociales indagarían sobre esta descripción y se toparían con que ni se encuentra en sus etiquetas –lo cual ya es una falta con el consumidor que merece saber qué compra– ni es tan contundente como explicación aquello de los “sólidos de cacao”, que incluyen principalmente cocoa. Es decir, la materia sobrante y no el licor de cacao, que es lo que define a un producto como chocolate.

Para bien y para mal, los medios digitales van echando por tierra la pretensión de que con solo negarla, la realidad se va a disipar. De que con una entrevista, una declaración o una columna en los medios convencionales, se subsana el entuerto. Este empoderamiento mediático ciudadano tiene sus bemoles, harto cuestionados, como la ligereza con que se pueden instalar acusaciones y denuncias, tomadas como verdad por el solo hecho de su difusión libre. Pero en cambio otorgan al ciudadano de a pie la posibilidad de desenmascarar a los caraduras, y no darles tregua ni descanso ni cuartel.

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