Creemos que se equivoca el congresista Lescano cuando renuncia a la comisión de Ética porque la votación de la mayoría resolvió no investigar la actuación del fujimorismo en la diligencia fiscal a las sedes de Fuerza Popular. Lo mismo la evaluación que hace el oficialismo de retirarse ante la acusación insistente contra Gilbert Violeta.

Se puede entender la frustración que los agobia frente a una actitud permanente del fujimorismo de zanjar por la vía del sopetón cualquier entredicho a su desenvolvimiento o de alguno de sus integrantes; sin embargo, abandonar la oportunidad de dar contrapeso a esa conducta no da un buen mensaje a los representados.

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Desde luego, los congresistas aludidos están en todo su derecho a renunciar a la comisión si encuentran que su participación tropieza con esta clase de imposiciones; pero no deben olvidar que tales imposiciones se manejan ajustadas a reglamento, que así es el juego parlamentario, aunque parezca que no se alinea al espíritu democrático.

Las críticas a participación de congresistas de Fuerzas Popular durante el allanamiento de la Fiscalía fue desestimada por ellos mismos en la Comisión de Ética.

La democracia, como dijo Churchill, era el peor de los sistemas políticos, a excepción de todos los demás. Eso se puede interpretar diciendo que, aunque sus aspiraciones sean las más elevadas, nunca estará exenta de defectos, como esta eventualidad en que una mayoría absoluta, legítimamente instalada, se empeña en hacer sentir su peso específico aunque la razón no le asista.

En democracia, es fundamental el trabajo de los congresistas de las minorías, como Lescano, aunque su labor se tope con muros insalvables. Puede parecer estéril. Puede antojarse inútil, si se conoce de antemano cuáles serán los resultados adversos. Pero permite dejar sentada una postura política o moral imprescindible en diversas circunstancias.

En democracia, es fundamental el trabajo de los congresistas de las minorías, como Lescano, aunque su labor se tope con muros insalvables.

La renuncia a su participación no deja de ser también una perfecta decisión democrática; no hay que negarle ese carácter como hace la fujimorista Milagros Salazar, quien la tilda de “amedrentamiento”… aunque tal opinión sea también democrática. El error consiste en dejar un espacio vacío, y se sabe que los espacios vacíos tienden a llenarse.

Hoy que el edificio nacional se sacude por los escándalos de corrupción y la polarización política, se hace más necesario que nunca que quienes profesan nociones democráticas mejor calibradas procuren mantener la calma. Retirarse, renunciar, no parece el mejor camino. En el actual contexto, es más bien un gesto inocuo.

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