Difícilmente hablo de fútbol porque, la verdad, no me considero un conocedor del tema y además sigo muy poco ese deporte, salvo la información general relacionada con la selección peruana y uno que otro tema internacional. Pero lo ocurrido hoy en el caso de Paolo Guerrero rebasa el terreno deportivo en varios sentidos. Quiero enfocarme en lo que significa en un contexto en que lo pragmático y lo políticamente correcto pretenden imponer sus criterios.

Mucho se ha argumentado acerca de la responsabilidad del capitán peruano en esta situación que lo ha puesto –porque todavía no está librado del todo– profesionalmente en capilla, si se considera que a sus 33 años, el techo que le queda es ya muy corto. Que si debió cuidarse más, que si acaso haya sacado los pies del plato y no lo quiere reconocer, que si se ha pretendido ocultar alguna inconducta… Lo cierto es que todo ese palabrerío ha sido desvirtuado finalmente por el fallo del TAS.

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Es decir, que el mismo organismo que lo sancionó con una extensión de la suspensión a catorce meses, ha reconocido que no existen indicios de que el delantero consumió una sustancia con fines estimulantes, sino que simplemente se contaminó con los benditos metabolitos debido finalmente al consumo local de la hoja de coca como infusión. No obstante, consideró el TAS que igual debía recibir una sanción mayor por la supuesta negligencia.

Para que se produzca este reconocimiento mediaron muchos meses de incertidumbre. Y fue en este periodo que las voces del gentío y de los opinadores pusieron en cuestión la insistencia o terquedad de Paolo Guerrero de no conformarse con el fallo que le aplicaba seis meses de sanción. Orgullo, presunción, irrealismo, egoísmo; se ganó todos estos boletos. Incluso la afición se preguntaba, con comprensible frustración, si acaso no debió darse por satisfecho con esa suspensión. Qué más da, con tal de ir al Mundial…

Pero lo cierto es que el capitán siguió adelante en su convicción de que le corresponde la absolución. No le bastaba el premio consuelo. No lo dejaba satisfecho ser parte de la selección que iba a Rusia 2018 después de 36 años con ese baldón encima. Se la jugó pese a la nube de contradicciones, al “sentido común”, a los consejos pragmáticos.

Se la jugó… y perdió. Fue como si el establishment del fútbol y el deporte internacional hubiese visto en este caso la oportunidad de refrendar su poder absoluto. La FIFA, la WADA, el TAS, no iban a dar su brazo a torcer. Este muchacho no pondría en entredicho al sistema. Lo habrá podido hacer la justicia norteamericana cuando el escándalo de coimas y corrupción –¿ya nos olvidamos de eso, acaso?–, pero no un joven peruano insolente.

Fue como si el establishment del fútbol y el deporte internacional hubiese visto en este caso la oportunidad de refrendar su poder absoluto.

Como se puede apreciar, la realidad parecía darle una bofetada a Guerrero y, con él, a toda una nación acongojada por la injusticia, pero sobre todo dolida de no ver a su ídolo, al forjador de la clasificación, en este desquite histórico. Pero, ¿es que no pudo acaso ser un poco flexible…?

Hay pequeños gestos que pueden convertirse en enormes metáforas de asuntos realmente importantes. Es solo deporte, se dirá, pero yo veo mucho más en esta medida cautelar que el capitán peruano ha logrado a punta de no rendirse, de nadar contra la corriente, de aferrarse a un sentido del honor personal en el que ya lo vimos antes perseverar.

Lo pragmático le gritaba que debía haber cedido al premio consuelo de la FIFA. Debió bajar la cabeza, admitir y cumplir la sanción de seis meses, y jugar tranquilo no más el Mundial. ¿No es lo que más interesa? Para qué hacer aspavientos, para que remover el gallinero, para que enojar al monstruo, para qué enfrentarse a la maquinaria. ¿De veras creía que saldría bien librado? ¿Tan soberbio podía ser?

Pasó duros momentos, pero ha perseverado. Todavía le queda un camino que recorrer por el honor personal.

Lo políticamente correcto le soplaba al oído, “Paolo, lo importante es la afición, tener contenta a la audiencia, al fin y al cabo, a ella te debes, ella es la que te ha encumbrado, no olvides que ser ídolo tiene su precio, nunca pretendas ser más de lo que realmente eres”. La fama, la fortuna, la seguridad, la estabilidad, la aprobación de los demás como la voz de una conciencia ajena y postiza que se yergue sobre la propia.

Más allá del fútbol y del Mundial, veo en esta puerta que se abre en la justicia suiza para Paolo Guerrero –porque todavía puede perder– un recordatorio de que en los momentos más oscuros para una persona o una nación, los principios y la voz interior son luces que alumbran con mayor seguridad que el vago resplandor del pragmatismo y lo políticamente correcto.

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